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CUIDANDO LAS FORMAS Por José Antonio Rivera* | |
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Supongo que todos hemos escuchado la inapelable sentencia alguna vez: "el libro es mejor que la película". Naturalmente, esto ocurre cuando el tránsito de una obra se inicia en la literatura para después arribar a la pantalla grande, y el genio que la balbucea ha tenido ocasión de toparse con el libro antes que con la cinta. Pero la supuesta dicotomía literatura-cine esconde, me temo, una rivalidad sólo aparente, virtual. Esto porque con independencia de la calidad de un determinado filme, hay cuestiones que simplemente no se pueden traducir de un lenguaje a otro; es decir, existen atributos 'intrínsecamente literarios', como son algunos de índole formal, por ejemplo, en especial los que tiene relación con la estructura de un texto. A continuación revisaré brevemente tres casos que nos permitirán hacer más visible el punto. El primero tuve oportunidad de experimentarlo hace un par de semanas. En la televisión por cable anunciaron con bombos y platillos el estreno de la versión cinematográfica de "El Pasado", de Alan Pauls. La decepción, desde luego, no tardó en aparecer, sobre todo al comprobar que Sofía mostraba un esplendente cabello negro, y que Gael García, por más que lo intentaba, no lograba dar con el aire tragicómico que inspira el protagonista de la novela. Para quienes no han tenido el placer de esta lectura, puedo adelantar que Pauls penetra en el manido tema del amor y logra salir ileso tras quinientas páginas de una especie de tratado moderno del corazón. La obra es algo así como un compendio enfermizo de estilos amatorios, atravesado por las dos posibilidades que se abren luego del fracaso de una relación: la memoria y el olvido. La primera la encarna Sofía, una chica incapaz de dar un paso al lado cuando rompe un noviazgo que se extendió por más de una década; la segunda posibilidad la representa su ex pareja, Rímini -nombre de la ciudad donde nació Fellini- quien no sólo se entrega sin oponer resistencia al olvido, sino también a las múltiples desgracias que le depara el destino. Hay de todo en "El Pasado": artistas homosexuales protagonizando amores épicos; millonarias licenciosas y cínicas que se mueven en el precario equilibrio de la ninfomanía como sucedáneo emocional; un par de drogadictos impenitentes; hábiles traductores que olvidan su segunda y tercera lengua de un día para otro; niños raptados por amor y rabia, y después perdidos para siempre por negligencia parental; hombres débiles que acometen una infidelidad tierna, sincera; ingenuos papelitos que trasportan palabras definitivas; mítines de la excéntrica sociedad de 'Mujeres que Aman Demasiado' (MAD). Como sea, la producción de esta película era un desafío cuyo fracaso podía intuirse a priori. Y es que Pauls tiene tal preocupación por la estructura del texto, por la elección casi gráfica, visual, de las palabras y signos que componen dicha estructura, que cuesta trabajo imaginar un director, por hábil y talentoso que sea, capaz de 'traducir' todo esto al audiovisual. La forma del texto, la disposición arbitraria (donde el autor es el único árbitro) de las frases, el uso del punto y del punto y coma, de las íes, la caprichosa organización de párrafos inacabables, todo parece diseñado desde su origen para encarnarse en el lenguaje verbal escrito, en una novela ambiciosa, compleja, desmesurada. El segundo ejemplo es "Flores", una novela corta y fragmentaria de Mario Bellatin, escritor responsable de un mundo ficcional compuesto de pequeños aparatos textuales anclados en una estética oriental minimalista y precisa. La historia es una inmersión en aquellas vidas y conductas que la moral mayoritaria tiende a considerar enfermas, anormales; son personajes marcados a fuego por las deformidades físicas, la búsqueda de sexualidades alternativas, la religión y la ciencia como vías de escape o silenciosas condenas. Creo que Bellatin hace una revalorización de las formas sencillamente encomiable. La empresa, por lo demás, es asumida de manera explícita en el arranque del libro. En la segunda página la voz del mismo autor insinúa sus pretensiones formales: "Existe una antigua técnica sumeria, que para muchos es el antecedente de las naturalezas muertas, que permite la construcción de complicadas estructuras narrativas basándose sólo en la suma de determinados objetos que juntos conforman un todo. Es de este modo como he tratado de conformar este relato, de alguna forma como se encuentra estructurado el poema de Gilgamesh. La intención inicial es que cada capítulo pueda leerse por separado, como si de la contemplación de una flor se tratara". De este modo, construye una historia inseparable del formato que ha elegido para ella, una historia que también 'dice' mediante ese formato original, pertinente, y que es determinada por su estructura como si ésta guardara atributos ortopédicos que pudieran corregir el cuerpo del relato a su antojo. El último ejemplo pertenece a la narrativa chilena. Me refiero a "La Espesura", de Cristián Barros, cuya escritura es tan experimental que anticipo imposible su 'traducibilidad' a otro formato, a otro lenguaje, como no sea transgrediendo la esencia misma del volumen. La radicalidad de este relato, situado ex profeso a principios de siglo, se encuentra en un texto de más de doscientas páginas que no posee puntos seguidos, punto y coma, guiones medios para diálogo, puntos aparte, y donde cada párrafo es unido por dos puntos que se abren como pistas ciegas de una historia confusa, a un tiempo breve e inabarcable. Es, como cabe pensar, un libro innovador y atrevido, pletórico en riesgos, que al igual que los anteriores busca ingresar a un anécdota que se hace original por la manera en que se narra, por los modos en que se despliega ante el lector. La prosa de Barros es a la par barroca y pulcra, su manejo léxico virtuoso, la unidad de los fragmentos son claves que nos remiten una y otra vez a la imagen que proyecta el título: la espesura. El estilo de la novela viene a escenificar un juego del que el autor es muy consciente, una indagación explícita en el registro que la soporta, una voz calma que sugiere los cruces escriturales de Javier Marías y Mauricio Wacquez. Es
cierto que una buena historia se puede contar por escrito, de manera
oral, en una obra de teatro o en una película. Sin embargo, aquella narrativa que explora sus propias
posibilidades formales se hace inconmensurable a otro tipo de lenguaje.
Dicho de otra manera: existen novelas que jamás serán
mejor o peor que la película, pues son un todo intraducible,
un todo que pierde sentido al despojarlo de las palabras y signos
que lo componen.
* José Antonio Rivera es escritor, ganador del Premio Novela
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