Espejos quebrados - Premio Novela Editorial MAGO 2009

Por José Antonio Rivera *

En tiempo de elecciones, todos comenzamos a tomar una posición u otra respecto a los candidatos, a las coaliciones, a nuestra propia ubicación en el entramado político. Desde luego, entre esas posiciones la mayoritaria es caracterizarse como progresista, algo que, contra su aspecto de eufemismo que intenta maquillar una antigua militancia de izquierda, es en realidad la prueba de un innegable viraje de la sociedad en su conjunto hacia posiciones más liberales.

Con todo, el ser progresista, como antes ser de izquierda, se define por oposición. El progresista quiere dejar atrás las tradiciones. En sus antípodas, el mundo conservador desea preservarlas.

Me resulta mucho más lúcida, por simple lógica, la opción progresista. Esto, porque toda tradición termina desgastándose, y entonces deja de ser símbolo y pasa a convertirse en un mero signo. Es decir, aquello que representa la tradición, su sentido más profundo, va perdiendo fuerza con el paso del tiempo, va vaciándose poco a poco de contenido, hasta transformarse en una simple convención.

Sin embargo, para salirse de cualquier maniqueísmo, es preciso admitir que existe un puñado de tradiciones que es prudente preservar, a riesgo de ser tildado de conservador y reaccionario por algún progresista demasiado convencido.

Una de ellas, una de esas tradiciones cuya instalación debe ser siempre celebrada, es la que me tiene en este momento leyendo estas páginas ante ustedes. Hablo de la tradición de que el anterior ganador del Premio Novela MAGO Editores presente a su sucesor. Y sostengo que esta tradición debe perdurar porque aún es simbólica, aún está lejos de perder su sentido para transformarse en un simple signo.

Y lo que simboliza es el esfuerzo vigoroso por nutrir nuestro campo intelectual de nuevos escritores, de hacer literatura con voces emergentes, de entregar un premio a la mejor novela en un país donde prácticamente no existen estímulos de esta especie.

Pero esta tradición es también una invitación a comentar esa obra ganadora, en este caso denominada Espejos quebrados, y hacerlo desde el propio lenguaje. Por eso fue atingente comenzar estas palabras hablando de tomar posiciones para ubicarse entre los progresistas y los conservadores, en una novela donde los ejes narrativos se sitúan entre la política y la memoria.

Podría decirse, además, que la obra no escamotea ciertos aspectos de la novela negra. Existe una intriga, hay investigaciones que enfrentan al ojo público con el ojo privado, abundan las críticas a una sociedad que siempre opta por esconder la basura bajo la alfombra, y existen personajes oscuros, personajes que deben rendir cuentas por su pasado.

Pero, por supuesto, ingresa al género desde la polemización, ahorrándose, por ejemplo, la violencia y el sexo que le son propios, y descartando una visión posmoderna donde la verdad no existe y solo encontramos múltiples voces que dialogan en la incerteza.

Y es precisamente porque en esta novela existe verdad, que uno de sus personajes despierta un día convertido en un monstruo. El intertexto con Kafka es visible: Su nombre es Gregorio, y una mañana cualquiera amanece para descubrir que su hija sabe que es responsable de secuestros y desapariciones durante la dictadura.

Su pasado, ese pasado que no es posible obviar ni tampoco puede relativizarse, le viene a cobrar una cuenta pendiente. Por esto, en el contexto de un interrogatorio similar a los que realizó por montones la DINA al advenir el gobierno de facto, se expresa: “Hay tres maneras de trabajar con la memoria, la del historiador, la del psicólogo y la del policía; yo no soy ni historiador ni psicólogo”, dice una voz a un sujeto encapuchado, preso sin saber por qué.

Tras la lectura de la novela se podría agregar sin temor una cuarta: la literatura.

Así, mediante una prosa cuidada, abundante en diálogos y climas bien logrados, arma en código policíaco una historia fragmentaria, crea cierta polifonía, ordena el discurso objetivo de la tercera persona desde la multiplicación de relatos bastante subjetivizados.

Esta voz narrativa inscribe su discurso desde coordenadas témporo-espacial que no pueden ser casualidad: es septiembre, cerca del 18, están las Fiestas Patrias de un país que, como dijimos al principio, ha transformado todas sus tradiciones en meros signos, en costumbres vacías.

Por esto, la construcción de la historia conduce a un escenario paródico: es 18 de septiembre y se come empanada con vino tinto. Es la autocelebración de un país que mira con orgullo sus casi doscientos años de vida como república, pero que no es capaz de repasar con rigor y justicia lo acaecido durante las últimas tres décadas.


 

*José Antonio Rivera es escritor y ganador del Premio
Novela MAGO Editores 2008.


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